Whiplash

Andrew Newman es un joven batería que aspira a convertirse en una gran leyenda de esta especialidad, reflejándose en nombres como Charlie Parker. No obstante, el camino es muy duro, sobre todo cuando se encuentra con Terence Fletcher, un profesor que le da la oportunidad de formar parte de la orquesta del conservatorio, pero que lo someterá a una presión y exigencia extremas.

Electrizante, estimulante, provocadora, excitante, impresionante, intensa … Son más de una decena los adjetivos que llenan el póster promocional de Whiplash a modo de reclamo. Parece una de esas películas destinadas a generar una competición semántica donde cada crítico o medio lucha para encontrar el calificativo más apropiado y llamativo a la hora de definirla. Sin embargo, creo que quedarse sólo en adjetivos genéricos, por muy mayúsculos que sean, no sólo sería demasiado fácil, sino que iría en contra de la propia filosofía de la película, ya que Whiplash basa su fuerza en la integración de la música dentro de su narrativa y en la energía que esta transmite a cada espectador. Y esta relación es, por encima de todo, sensorial y subjetiva, así que la mejor manera de explicar es a partir de la experiencia que supone para cada uno.

Whiplash no se caracteriza por una estructura argumental rompedora, ya que responde en gran medida a los cánones de las historias de superación personal que tanto gustan a los yanquis (a menudo contextualizadas en una temática deportiva), lo que propicia que sus hechos se vuelvan previsibles en más de una ocasión. Su gran mérito, sin embargo, es la personalidad que demuestra cuando se mueve en estos escenarios comunes, e incluso como los rompe gracias a algún desvío puntual que tenía reservado. Una de las claves en este sentido es la focalización en la relación entre profesor, alumno e instrumento, conteniendo la épica grandilocuente y huyendo de las grandes escenas de reconocimiento público que podríamos esperar. Damien Chazelle quiere que seamos nosotros quienes aplaudimos o silbamos, ya que somos la única audiencia que le importa, y se mantiene fiel a esta convicción hasta el último segundo de película.

Lejos de considerarme un experto musical, siempre he sido un especial entusiasta de la percusión, y por extensión de las baterías; de su capacidad de hacernos mover el pie a su ritmo, pero a la vez de su libertad a la hora de improvisar y ser tan anárquicas como quieran. Whiplash explota todas estas vertientes y las lleva al extremo, prácticamente convirtiendo su protagonista en un jinete y la batería en el caballo salvaje que debe domesticar, y añadiendo un árbitro que quiere llevar este reto al extremo y convertir -el en un duelo a vida o muerte. Sólo puede ser un éxito rotundo o un fracaso absoluto. Y el camino para conseguirlo clarifica el doble sentido del título del filme, ya que no sólo hace referencia a una de las piezas musicales protagonistas, sino que describe las verdaderas latigazos -musicales, verbales y psicológicas- que se reparten a lo largo de toda la historia.

Fotograma de Whiplash

Fotograma de Whiplash

Sin ser ningún thriller o película de acción, Whiplash es toda una descarga de adrenalina, donde las persecuciones y los tiroteos tienen forma de baquetas, bombos, tambores, timbales y platos. Y donde la percusión marca el ritmo de cada tramo, ayudada por una dirección y un montaje sincronizados que todavía realzan más su efecto. En la pantalla, los ejecutores de todo ello son Miles Teller y JK Simmons, dos actores en un enfrentamiento constante y agotador, de la primera a la última escena. El primero, al que le falta fuerza carisma, lleva el peso principal de la historia a partir de su evolución y proceso de madurez, pero es el segundo que llena la pantalla. Como si del sargento Hartman de La Chaqueta Metálica se tratara -incluso se parece físicamente-, Simmons es pura expresividad y exceso, con una autoridad y violencia que empequeñece a cualquiera. Ya se ha llevado el Globo de Oro, y todo apunta al Oscar.

No todo lo percibo de forma impoluta a Whiplash. Por una parte, echo de menos un mínimo trasfondo personal del personaje de JK Simmons, algo que apoye sus discutibles principios “educativos”; por otro, cita repetidamente unos paralelismos y una mitomanía que -por falta de cultivación jazzística, supongo- no sé hasta qué punto están justificados. En todo caso, son detalles que no m’amarguen el trayecto, ya que no creo que Damien Chazelle quiera homenajear a los grandes músicos de jazz ni nada por el estilo, sino presentar la música -la percusión, en este caso- como un vehículo de superación personal para aspirar a la excelencia y huir de la mediocridad. Tampoco creo que Whiplash busque un realismo absoluto, por lo que su discurso no admite medias tintas y las imágenes no escatiman adorno visual. Todo entra dentro de un criterio único: transmitir una energía que nos obliga a recuperar las pulsaciones después de la escena final.

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