Una canción para Marion

Una película que llega a las salas casi a la vez que la “feel-good-movie” intergeneracional “Una vida simple” de Andy Lau, Una canción para Marion no parece una película tan profunda. Sin embargo, dentro de los límites de sus ambiciones, tampoco deja de tener cualidades ni elementos que descubrir.

La música amansa las fieras“, anda que no habremos escuchado historias almibaradas de moralina que inspiran esta frase. Sin embargo, el modesto interés de Una canción para Marion reside en su interés por decir las verdades en pleno momento de relax; en este caso nos encontramos con la figura arquetípica del “viejo gruñón”, que se llama Arthur, y es interpretado con aplomo por Terence Stamp. Para el director Paul Andrew Williams, se trata el cliché u se le da credibilidad pese a los tormentos que subyacen al personaje. Hay trabajo: la instantánea es poco discreto. El “viejo gruñón” vive un matrimonio feliz y largo con una mujer que es su opuesto, incluso en la fase terminal de la enfermedad de su pareja, continua cantando en un coro de ancianos que tiene un sorprendente repertorio de pop-rock y heavy metal.

La muerte hace su trabajo y deja en soledad a un viudo en continuo desacuerdo con su hijo que tendrá que resolver el dilema entre hundirse en la soledad y romper el hielo, mientras que acude a los ensayos de un coro dirigido por un mujer joven burbujeante. Una tabla de salvación demasiado obvia.

La historia es similar tanto en forma como en fondo a este tipo de comedia, en donde algunas personas de la tercera edad parecen los invitados a cantar en una especie de “Hablemos de sexo“, en un concurso coral en que los abuelos cantan. Sin embargo, a pesar de sus melodías sentimentales también hay diálogos de gran talento, lo que muestra el talento del director británico, mostrando evidencia de una cierta penetración en cómo articular los cuellos de botella de una historia. Y un guión un tanto arbitrario, que hace que Arthur sea presentado como el arquetípico “viejo gruñón“, mientras se fusiona con una arbitrariedad muy humana que rige sus últimas decisiones. En el momento de la muerte de su esposa, el personaje se enfrenta a un dilema entre mantener o mejorar su actitud misántropa – que muestra tanto como un sistema previo a un reflejo natural – y renunciar a ir mostrarse al mundo. Eligió el sistema a lo absurdo, inhumano (manteniendo a su hijo alejado, sin explicación). La arbitrariedad humana de esta elección es que Arthur sabe que su posición es equivocada, y fruto de un error acumulado durante años, pero que deliberadamente se niega a reconsiderar; permaneciendo en una pared oscura, constituyendo una triste suerte: él elige fracasar. El viejo mito de la segunda oportunidad se cae (al contrario que en “nunca es demasiado tarde para cambiar”) teñido por una cierta ambigüedad: no es una segunda oportunidad la que la vida nos ofrece es una primera oportunidad, la único cuya existencia fue negada porque implica presentarnos al mundo con nuestros defectos. Por lo tanto, la redención en gran medida sirve para soltar lastre, un poco de lastre humano.

Hay otro indicio que permite ver que Paul Andrew Williams deja escapar su lucidez en este material convencional. Algunas escenas como en la que Arthur se entrega a la conclusión de un viaje. Superficialmente, podría pasar por un acuerdo académico formal, pero en una inspección más cercana, esta elección no parece tan inofensiva. En las escenas donde la decadencia del personaje en su estilo de vida es palpable (Arthur enclaustrado en su apartamento), concluye viajar atrás – dejando a los personajes en el centro de la pantalla y congelados, pero también estableciendo una distancia ellos, esta postura. Por el contrario, en otras escenas en las que Arthur abre su corazón, la cámara parece llenarse de vida, mostrando a un nuevo personaje. Como si, de hecho, el propio director quisiera alejarse.

Una canción para Marion
es una película con la que sentirnos bien, aunque con un poco de retranca.

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