Tusk

Wallace y Teddy son dos jóvenes “podcasters” que graban un programa semanal hablando en clave humorística de historias y sucesos extraños. En plena búsqueda de un posible entrevistado para su programa, Wallace termina en Canadá, donde le recomiendan que visite un hombre llamado Howard Howe. Intrigado y emocionado, el chico llega a una enorme casa en medio del bosque y tiene una bienvenida cordial por parte de Howard, pero su conversación tendrá unas consecuencias que Wallace no puede imaginar.

Tras convertirse en todo un referente de la comedia adolescente en los años 90 gracias al triplete Clerks (1994), Mallrats (1995) y Dogma (1999), sumado a una película tan madura como Persiguiendo a Amy (1997), la filmografía de Kevin Smith no había resultado especialmente afortunada. La sensación de que la falta de libertad sólo le permitía muestra una versión sucedánea de él mismo era constante. Sin embargo, la entrada en la nueva década parece haber guiado Kevin Smith hacia una nueva esencia, mucho más extrema y pasada de vueltas; lo hizo primero con Red State, un relato sanguinario contra el fundamentalismo religioso, y ahora todavía hace un pase de rosca más con Tusk, donde mezcla terror y un humor profundamente macabra. Títulos mucho más destinados a oponer las reacciones del espectador, pero donde queda clara la total ausencia de lazos por parte de Smith, que hace y deshace como le da la gana. Y es esta última donde se encuentra el máximo exponente.

Tusk presenta un primer tramo relativamente calmado y marcado por la expectación, pero lo que nos espera durante el segundo rompe los esquemas a cualquiera. Manos a la cabeza, reír escandalizado (sí, del que se hace con la “o”) y miradas constantes a la persona de al lado para constatar que los dos estáis pensando lo mismo: no me puedo creer lo que estoy viendo. Son los efectos de la macabra mezcla de un Kevin Smith que, sin duda, se lo debería pasar como una criatura escribiendo este guión y luego llevándolo a la práctica sin ningún tipo de miramiento o sentido del ridículo. Y cuando el director se toma de esta manera su película, sólo existen dos reacciones: aceptar el juego y afrontarlo con la misma mentalidad, o rechazar por completo un capricho absurdo que no tiene ton ni son. Mi recomendación es sin duda escoger el primer camino, mucho más satisfactorio y también apropiado para entender lo que Smith quería hacer realmente.

Fotograma de Tusk

Fotograma de Tusk

Y este objetivo no es otro que plantear un esquema clásico del género de terror (visitante joven e ingenuo que llega a una misteriosa casa aislada y se encuentra con un anfitrión supuestamente amable, pero que esconde un lado oscuro) con ciertos aromas de Frankenstein, y pervertirse hasta convertirlo prácticamente en un gag. Terrorífico, sí, pero absolutamente delirante. Smith se aferra a la dualidad de esta propuesta, pero en lugar de darle un segundo enfoque posible con más profundidad, no hace más que enroscar y enroscar la situación hasta perpetrar del todo su broma macabra y desaforada. Para ello, cuenta con la complicidad de un Michael Parks que entiende a la perfección donde se ha metido y qué efecto tiene que provocar. El veterano actor, que ya se mostraba brillante Red State, aunque una especie de “científico loco” impasible y escalofriante, pero, tal como hace la película, se exagerando y caricaturizando a medida que la historia avanza.

La poca seriedad de Tusk se evidencia también por el revestimiento forzado de una trama que de por sí no ocupa, ni mucho menos, los 100 minutos de duración del filme. Aquí, Kevin Smith aprovecha para añadir caprichos de su cosecha, diálogos irrelevantes y la introducción arbitraria de un personaje derecho sobre que en realidad sólo sirve para que un Johnny Depp horriblemente caracterizado se sume a la fiesta. Encima, su sospechosa semejanza de dicción y movimientos con el personaje de Rust Cohle a True Detective hace pensar en una clara intención de parodia por parte de Kevin Smith. En realidad, toda la estética global de la película (decorados, maquillaje, atrezzo) acerca descaradamente a la serie B, especialmente durante la segunda mitad. Así pues, son masas los indicadores que nos llevan a percibir Tusk como un producto del todo superficial y sin ninguna vocación de transmitir algo más que lo que enseña.

Imagen de Tusk

Imagen de Tusk

Así pues, la película podría ser una fuente inacabable de críticas y reproches para todo aquel que quiera coger la libreta y comenzó a pedir cuentas a Kevin Smith para esto o lo otro. Sin embargo, no creo que Tusk merezca ni necesite análisis cuadriculados. Por lo menos, estoy seguro de que ni el propio director del interesarían. Lo ha hecho así porque le ha salido de las narices (por no decir otra cosa) y poco le importa lo que pueda pensar el resto. Y lo que consigue, más allá de la calidad o no como película, es que un buen número de imágenes se te queden inevitablemente grabadas en la memoria, y que el nombre de Tusk aparezca en más de una ocasión en el tu recuerdo; con la correspondiente risa posterior. Y es que, después de esta experiencia, nunca más volveremos a ver las morsas como las veíamos hasta ahora.

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