The Guest

Aún en pleno choque emocional por la muerte de su hijo Caleb en la guerra de Afganistán, la familia Peterson recibe un día la inesperada visita de David, un soldado que se presenta como uno de los mejores amigos de Caleb en el ejército. A pesar de su llegada repentina y algunos recelos iniciales, David se va ganando poco a poco la confianza de la familia gracias a su predisposición a ayudarles en todo lo que necesiten. No obstante, el secretismo de sus actos y algunos detalles de su comportamiento denotan que esconde algo.

Aunque no es ni mucho menos una novedad, una de las tendencias que quedó corroborada con creces durante el pasado Festival de Sitges es la mezcla y reinterpretación de los géneros cinematográficos; un recurso que permite ofrecer nuevos enfoques narrativos y conseguir así que historias comunes provoquen efectos de todo tipo. Dentro de esta tendencia global, se impone principalmente la voluntad de desdramatizar, ya sea de forma abiertamente paródica oa base de sutilezas, y es en este segundo escenario donde se mueve como pez en el agua el thriller independiente The Guest, una de las perlas que se pudo ver en el festival catalán. Detrás de la cámara, sorprende la presencia de Adam Wingard, la joven promesa estadounidense -apenas 32 años-, quien previamente se había focalizado en el cine de terror más puro. En este giro hacia el thriller, se sale y con buena nota, ya que, sin una base que derrame ingenio, construye un magnetismo muy especial y mantiene una notable solidez de principio a fin.

Con la ayuda de Simon Barrett, su amigo y guionista de confianza, Adam Wingard forja el éxito de The Guest a partir de la figura de David, su protagonista: un invasor que camufla toda la desconfianza que puede generar de inicio con un encanto digno del mejor hipnotizador. La película explota en todo momento esta doble cara, sobre todo haciendo cómplice al espectador; detectamos su máscara mucho antes que el resto de personajes, pero desprende tanto carisma que nos impide verlo con malos ojos. Aquí tiene un gran mérito el magnífico estado de gracia de Dan Stevens, al que podríamos definir como una evolución expresiva de Ryan Gosling -y de su personaje en Drive (2011), para ser más precisos-, y que se ayuda de una interpretación contenida y rica en matices para llevar el peso de la acción en todo momento. El puesto impasible, la media sonrisa entre irónica y malintencionado, el cambio de mirada cuando se queda solo y la contundencia cuando la historia se anima son las principales armas de Stevens para captar permanentemente nuestra atención.

Fotograma de The Guest

Fotograma de The Guest

Este magnetismo del protagonista, basado en gran medida en su carácter imprevisible, permite a Wingard transitar por escenas relativamente rutinarias, pero mantenernos expectantes en todo momento, ávidos de saber cuál será su siguiente movimiento. Ya puede endilgar hacernos una típica y tópica fiesta adolescente, o una rudimentaria pelea de bar contra los matones del instituto, que habiendo David por medio, seguro que lo pasaremos bien. Consciente de este hecho, Adam Wingard sabe ser paciente cuando lo necesita, y no tiene ningún tipo de prisa en ir mostrando sus cartas a medida que la fatalidad de la historia se va materializando; siempre con este punto relativamente irónico detrás, pero sin dejar que nos tomemos en coña lo que está pasando. Toda esta atmósfera es la que lleva la mayor parte del peso de The Guest, claramente por encima de un guión que no es particularmente brillante, e incluso un poco demasiado torpe en su resolución.

La personalidad del The Guest está marcada también por una banda sonora muy potente, que una vez más invita claramente a recordar Drive, dada su condición electrónica, “ochentera”. En este caso, sin embargo, la música resulta bastante más envolvente y oscura -incluso un punto gótica-, y el papel que juega es mucho más activo y relevante cuando Adam Wingard confirma que también se sale con éxito a la hora de crear tensión. Los minutos finales así lo corroboran, rozando el estilo “slasher” más puro y duro, y enriquecidos por una dirección muy cuidada. Gracias a una gran influencia de la fotografía, el director ofrece planes de composición bastante compleja y consigue transmitir una sensación incluso opresiva. También aquí se acentúa el protagonismo de los dos jóvenes secundarios, Maika Monroe y Brendan Meyer, que mantienen un muy buen nivel durante toda la película y se acoplan perfectamente a la tonalidad que propone Wingard.

Se podrían encontrar un montón de homenajes y / o referencias a The Guest, empezando por la ya citada Drive, y siguiendo por todo un clásico del terror “slasher” como Halloween (1978) de John Carpenter -no debe ser casualidad que el acción tenga lugar precisamente durante estos días del año-. En todo caso, es bastante evidente que las intenciones de Adam Wingard y Simon Barrett no eran las de construir una historia que destacara por su exclusividad o genuinidad, sino las de poner en práctica esta revisión de géneros y referentes que resulta tan habitual últimamente ; y la verdad es que les sale muy bien. A pesar de su carácter marcadamente independiente, con algunos flecos que incluso se acercan a la serie B, la autoconciencia de The Guest sobre su verdadera función sabe animar al espectador, que se siente partícipe del juego planteado por Adam Wingard. Al fin y al cabo, es un cineasta que, como nosotros, acaba de entrar en la treintena, por tanto es una conexión del todo razonable.

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