The Equalizer

Robert McCall es un hombre aparentemente normal que trabaja en unos grandes almacenes de bricolaje, pero de noche tiene la extraña costumbre de irse a una cafetería a leer un libro. Allí, siempre se encuentra con Teri, una prostituta muy joven que trabaja a las órdenes de un mafioso ruso llamado slaves. Un día, la chica no aparece, y Robert decide ir a buscar al mafioso y su banda para saldar cuentas, lo que hace aflorar una etapa pasada de su vida.

Denzel Washington formaría parte de una eventual lista de actores que, por sí solos, te empujan a ir a ver una película. El último ejemplo lo tuvimos hace dos años, cuando su magnífico papel en El Vuelo le valió la última de sus seis nominaciones a los Oscar. Precisamente, la relación de Washington con los premios de la Academia está del todo ligada al director Antoine Fuqua, ya que fue bajo sus órdenes en Training Day (2001) que consiguió su segunda estatuilla como mejor actor protagonista. 13 años después, los dos vuelven a cruzar sus trayectorias en The Equalizer, que adapta una popular serie estadounidense de televisión de los años 80, pero en este caso la fórmula del éxito no funciona con la misma solvencia. Y no es que el actor haya perdido ninguna facultad, ya que vuelve a estar imponente, sino que el filme se ve muy penalizado por un guión débil y una dirección que, de vez adornada, acaba resultando pretenciosa.

The Equalizer ofrece una propuesta que se acerca a una de las estructuras más clásicas del western: el justiciero que reacciona ante un crimen que a priori le es relativamente ajeno, pero que se ve empujado a solucionar por hacer pagar sus culpables y dejar fuera salvo la víctima inocente. Robert McCall encarna una versión moderna de este justiciero que actúa en solitario, sin nada que perder ni ningún objetivo beneficioso para él; ni siquiera para buscar gloria o reconocimientos de ningún tipo. Y toda esta analogía está muy bien de entrada, pero para que funcione necesitas un guión sólido, sin necesidad de que sea muy complejo, y unos personajes con entidad suficiente. En The Equalizer, la evolución de la historia desvela sus carencias en estos aspectos, y que sus aciertos puntuales no son suficientes para salvarse del convencionalismo que transpira el conjunto. Además, superar las dos horas de duración tampoco le hace ningún favor.

Denzel Washington en The Equalizer

Denzel Washington en The Equalizer

La película pone de manifiesto que Antoine Fuqua se muere de ganas de huir del cliché de dirección atropellada e impersonal que se suele asociar con el género de acción, pero en su reivindicación estilística olvida que todo necesita un sentido y una coherencia. Por esta razón, muchos planes para realzar las texturas, cámaras lentas o desenfoques provocan un efecto de adorno caprichoso más que ninguna otra cosa. Sea lo que sea que pretendía, no lo consigue; no era el lugar donde le correspondía, o no era la forma correcta de llevarlo a la práctica. The Equalizer funciona cuando se viste como es el caso, con el dinamismo y frialdad visual -efectos digitales incluidos- que tanto popularizó el malogrado Tony Scott, pero cuando Fuqua se pone poético, se carga la dinámica. Se agradece su vocación elegante y su buen control narrativo cuando la acción todavía es pausada durante el primer tramo del film; ahora bien, cuando la elegancia huele a impostada, se gira totalmente en contra.

Queda un poco duro exponerlo de esta manera, pero es probable que el aprobado raspado que le doy a The Equalizer no se repitiera si al frente de la película no hubiera estado Denzel Washington. Como he dicho anteriormente, su presencia es en realidad el gran reclamo del filme, y al fin y al cabo termina siendo también su elemento más valioso. Al actor neoyorquino le va como anillo al dedo la personalidad solitaria, atormentada y impasible de Robert McCall, y es capaz de transmitir su falta de emociones en su comportamiento, pero a la vez conservar todo su carisma. La mirada oscura y la contundencia de la actuación de Washington salvan la película de un fracaso que pudo ser bastante más estrepitoso, las cosas como son. Tampoco el resto de reparto ayuda mucho, excepto la curiosa -y extraña- aparición puntual de unos veteranos Melissa Leo y Bill Pullman. En cuanto a Chloë Grace Moretz, lo que sorprende más bien es su no protagonismo, cuando apuntaba a secundaria principal.

Chloë Grace Moretz

Chloë Grace Moretz

Y no es el único aspecto que sorprende a The Equalizer, ya que Fuqua recurre a un uso de la violencia bastante excesivo, incluso desmesurado en sus minutos finales. Aunque no siempre sea explícito, no evita una vez más la sensación de que no era una característica que correspondía a una película como esta. Por último, tampoco puedo dejar pasar el tratamiento profundamente estereotipado que hace de los adversarios -¿habían de ser rusos?-. Con una presentación que quiere imponer, pero que acaba siendo totalmente quiebra por la estupidez que el guión les otorga. Una trampa más que se suma a las razones para poner en duda la necesidad de hacer una película como The Equalizer; no es un completo desastre, ya que proporciona buenos momentos de acción y un entretenimiento global que se sitúa dentro de unos mínimos, pero el personaje y los recursos tenían un potencial mucho mayor de lo que se materializa. Un poco más de trabajo del fondo, y menos en la forma, tal vez le habría ido bien a la película.

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