St. Vincent

Vincent es un viejo huraño y solitario que vive perjudicado por los excesos del alcohol, la escasez de dinero y una especie de síndrome de Diógenes. Sus nuevos vecinos, una madre soltera y su hijo, que se acaban de trasladar a la ciudad, enseguida lo comprueban por culpa de un primer contacto un tanto accidentado. Un día, diversas circunstancias hacen que Vincent deba hacerse cargo del hijo mientras su madre todavía está en el trabajo, una misión que, como era de esperar, no todavía con demasiada entusiasmo.

Si hay un género cinematográfico donde resulta más complicado encontrar nuevas fórmulas y recetas innovadoras, este es claramente el de la comedia, donde pocas películas saben salirse de un camino estructural que antes no haya sido seguido antes por tantas y tantas predecesoras. No obstante, esto no significa que todas ellas nos resulten igual de rutinarias o irrelevantes, y es aquí donde entra en juego su capacidad de conectar emocionalmente al espectador con sus personajes y de desarrollar su historia suavizante en lo posible las evidencias del piloto automático. Gracias al cumplimiento de estos requisitos ya la aportación crucial de un Bill Murray inconmensurable, St. Vincent se convierte en una comedia más que estimable y satisfactoria para todo aquel que esté dispuesto a disfrutar sin ganas de exigir nada excepcional.

No nos engañemos, nos podríamos repasar el guión de St. Vincent e ir apuntando todas las veces que ya hemos visto sus personajes, conflictos, giros, evoluciones y recursos; también podríamos hacer una encuesta preguntando en qué minuto de película hemos deducido de forma casi exacta cuál sería su punto álgido. A priori, no parece demasiado alentador, pero a veces hay platos precocinados que, aunque sabemos el sabor que tienen, son capaces de sobreponerse a esta condición cuando nos llegan al paladar. Y en este caso St. Vincent lo lleva a cabo gracias a la honestidad con la que desarrolla su historia, y al enternecimiento progresivo que nos provocando, sin que el gas lacrimógeno se nos rocían a los ojos de forma descarada. Sus trucos son evidentes, pero no me pone a la defensiva como han hecho muchas otras películas de este tipo; dejo que me toque la fibra, y no me molesta, ya que no me siento obligado.

Fotograma de St. Vincent

Fotograma de St. Vincent

St. Vincent confía su apartado humorístico en la figura de su protagonista, empezando por su propia personalidad y la irreverencia de sus actos y palabras, y ampliándolo poco a poco a los contrastes que van surgiendo en su relación continúa con personas opuestamente distintas a él. La típica y tópica historia del viejo gruñón y el niño modélico se despliega con todo lo que podemos esperar de ella, pero también con sus matices personales y sin que se aprecien momentos forzados, probablemente porque Theodore Melfi no exagera en sus caracterizaciones y sabe hacer que todo fluya más suavemente. De este modo, nos creemos mucho más los personajes. También funciona bastante bien el equilibrio alcanzado entre las dosis de comedia, tragicomedia y drama, tan necesario en toda película de esta raza, ya que aporta profundidad y humanismo a los personajes, ya la vez evita que el filme se vuelva caricaturesco .

Pero si hay algo que nos vendrá a la cabeza cada vez que recordamos St. Vincent, esta será sin duda la mejor actuación de Bill Murray en muchos años; en concreto, diría que desde Flores Rotas (2005) o Lost in Translation (2004) no lo veíamos en un papel protagonista como éste, donde pudiera explayarse con naturalidad. A Murray no le hace falta gran cosa para provocar la risa, pero aquí incluso lo vemos más expresivo que de costumbre, ya la vez parece liberado, completamente en su salsa. Sí, él solito ya es motivo para ver la película. Tampoco podemos restar mérito al pequeño Jaed Lieberher, que por fin nos permite ver un niño que da juego; tímido, enclenque y de aspecto débil, pero con un carisma que poco a poco va aflorando hasta tratar de tú a tú al mismo Murray. Destacable resulta también el papel de Naomi Watts, con una sorprendente presencia detrás el embarazo, el mal gusto y el marcado acento del este de su personaje.

No me atreveré a decir que con St. Vincent estamos ante una gran comedia, pero la sonrisa que me genera el pensar en ello no es un efecto que provoque cualquier película. Es tan lícito reprochar Theodore Melfi que tire de manual y una a varios pedazos ya vistos en otros títulos (Up!, Mejor Imposible, Gran Torino, Un Mundo Perfecto…) como reconocer la sensibilidad con la que nos hace llegar su pequeña historia particular. Además, y por mucho que su protagonista experimente un cambio durante la película, sabe mantenerlo fiel a su naturaleza hasta el final. Se puede aprender y se pueden valorar nuevas cosas en cualquier momento de la vida, pero, a cierta edad, hay aspectos que ya no cambian. En nuestro caso, aunque St. Vincent sea un camino ya conocido, no debemos dejar de disfrutar del trayecto que nos propone. Y además, lo hacemos hasta el último segundo de unos títulos de crédito que no dejan levantarse antes de tiempo; un hecho al alcance de Bill Murray, y pocos más.

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