Un monstruo viene a verme

Con sólo 12 años, Connor tiene una vida bastante complicada debido a la grave enfermedad de su madre, la difícil relación con su abuela y el maltrato que recibe en la escuela. Esto hace que a menudo se le repita la misma pesadilla, y que viva bajo un sufrimiento y una rabia constante. Una noche, mientras está dibujando en su habitación, se le aparece un monstruo salido del árbol que hay otero de delante de su ventana, y le dice que le explicará tres historias con las que entenderá un poco mejor qué le pasa.

Si hay una virtud que se puede destacar de Juan Antonio Bayona como director, es que es un gran narrador de historias. No sólo mediante lo que sería propiamente el guión, sino dotando de contenido cada una de sus escenas, de de modo que los detalles, los encuadres, los formas y los colores nos aporten información sobre los personajes. A Un Monstruo Viene a Verme, este carácter artesano del director catalán, en el que cada plan recibe un cuidado especial, adopta su máximo esplendor para introducirnos en una mente infantil que se ve abocada de forma prematura a una serie de miedos y inseguridades de gran trascendencia. No obstante, la película también contiene de forma especialmente subrayada aquella vertiente con la que Bayona no puede evitar perjudicar el resultado final de sus obras: el exceso melodramático y la falta de sutileza con el espectador.

Un monstruo viene a verme fotograma

Un Monstruo Viene a Verme es una constante separación -y al mismo tiempo una puesta en común- del mundo adulto y el infantil a partir de un sentimiento tan inevitable como es el dolor. Bayona destina una particular sensibilidad en la presentación y caracterización de Connor, sin mostrarse condescendiente ni tampoco exagerando la situación dramática por la que pasa el personaje, y permitiendo que establecemos una fácil identificación con él. También la aparición del monstruo y su función en la historia, a pesar de ser un poco brusca en algunos aspectos, se asimilan bastante bien dentro del conjunto, de modo que los fragmentos en que Un Monstruo Viene a Verme se convierte en un filme completamente de animación se integran con naturalidad con el resto de acción. No se le puede negar a Juan Antonio Bayona que sabe llevar el control de la narración en todo momento, y que a pesar de que los hechos que suceden en el fondo no son tantos, la evolución emocional de la historia se percibe de forma clara.

Los problemas llegan, sin embargo, en el tercer acto. Quizás porque el director intuye que el desenlace ya es bastante previsible desde el inicio del film, o bien porque cree no haber dejado suficientemente claro el mensaje con el que trabaja, Bayona se ve con la necesidad de hacerlo todo demasiado evidente y de recalcarlo una y otra vez, aparte de retorcer excesivamente los vínculos entre los diferentes elementos de la historia. Un Monstruo Viene a Verme tiene un par de momentos en los que podría haber acabado perfectamente, dejando suficientemente clara su premisa ya la vez dando pie a cierto trabajo mental posterior por parte del espectador, pero no lo hace y se entrega inexorablemente a un clímax del todo contraproducente. La exaltación del dramatismo, el uso potenciador de la banda sonora y esta vuelta de hoja extra con el que se intenta cerrar el círculo de la narración acaban por manchar lo que hasta entonces había sido un buen retrato sobre los monstruos interiores de su joven protagonista.

De la misma manera que Bayona no puede evitar el temido ataque indiscriminado al lagrimal durante los minutos finales de película, hay que decir que sorprende la eficacia con que su particular cuento había funcionado hasta entonces. Porque más allá de cuentos, lo que destaca el filme es la importancia de la creatividad, de cómo la capacidad de hacer viajar la mente a otros mundos imaginarios puede llegar a paliar los dolores de la verdadera realidad. En este caso, Connor -por cierto, interpretado por un muy convincente Lewis MacDougall- recurre a la figura del monstruo como conductor de sus miedos y sus pesadillas; y no precisamente porque haya de huir, sino todo lo contrario: porque está obligado a afrontarlos. En esta vertiente, y aunque no se manifieste siempre con el mismo grado de acierto, Un Monstruo Viene a Verme ofrece un enfoque interesante sobre el miedo a la pérdida, vista desde un punto de vista infantil.

Fotograma de un monstruo viene a verme

El filme deja una sensación curiosa: donde Bayona cree que pone toda la carne en el asador, es precisamente donde no alcanza el objetivo que se propone; en cambio, cuando la carga emotiva es menor, es mucho más fácil conectar con lo que se nos cuenta. El problema con las películas que llevan asociado el imperativo de emocionarse con ellas, que en este caso de Un Monstruo Viene a Verme ha sido una constante desde el inicio de su promoción, es que parece que esta sea la única opción posible ante ella. Quizás si el film no hubiera sido planteado desde este punto de vista, habría ganado en potencia. Si en vez de buscar este tipo de satisfacción final entre lágrimas, hubiera promovido un trabajo un poco más reflexivo (como hace durante sus dos primeros tercios), o incluso hubiera mantenido un tono más oscuro, habría resultado una obra mucho más redonda y sincera hasta el final. Era posible abordar esta historia sin la necesidad de tener que llorar, pero aquí parece que todo se reduzca a eso.

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