Tarde para la ira

Ocho años después de participar en un robo de una joyería, Curro sale de la cárcel para iniciar una nueva vida con su pareja Ana y su hija, nacida poco después de que fuera encarcelado. Al volver el bar propiedad de su familia y recuperar las habituales partidas de mus, topa con José, un hombre al que no conoce y que durante todo este tiempo se ha convertido en un buen amigo de toda la gente del bar. El ambiente está un poco enrarecido, sobre todo por unos hechos ocurridos poco antes de la liberación de Curro, pero en realidad el verdadero conflicto aún está por llegar.

El mejor síntoma que puede dejar la ópera prima de un director es que al salir de la sala de cine ya estés esperando con ansia su segunda película. Y es exactamente eso lo que ha conseguido Raúl Arévalo con Tarde para la Ira. Tras demostrar su versatilidad como actor, el madrileño se ha aventurado a ponerse tras la cámara con tan sólo 36 años y ha demostrado que su criterio cinematográfico va mucho más allá del nivel interpretativo que le habíamos visto hasta ahora. Pocas veces se había percibido tanta convicción y seguridad en un debut, y además con este punto de atrevimiento, ya que la película huye en todo momento de cualquier atenuante y se entrega por completo a su espíritu crudo e implacable . La decisión corre todo el riesgo de asustar algunos espectadores, pero es clave para Tarde para la Ira exprese con la contundencia adecuada y se mantenga fiel a sí misma de principio a fin.

Es inevitable destacar los aspectos formales del film, pero más allá de su incidencia estética -que la tienen-, lo más importante es que en todo momento dan un sentido a lo que pasa. Consciente del trasfondo de su historia, Raúl Arévalo huye sistemáticamente de cualquier nitidez o comodidad visual, lo que se traduce en una imagen granulada fruto del rodaje en celuloide y en un movimiento constante debido a la cámara permanentemente sobre el hombro del director madrileño. Gracias a estos elementos, pero también al trabajo de la cálida fotografía y la proximidad con que Arévalo llega a encuadrar sus personajes al por menor, Tarde para la Ira se convierte en puro cine de texturas, que casi se puede palpar. No hay duda de que, de haberse rodado en imagen digital, el filme perdería buena parte de sus propiedades y terminaría yendo en contra de su propia naturaleza.

Tarde para la ira

Estas deliberadas impurezas en el apartado técnico, no reñidas con la inmensa cuidado y planificación que se percibe detrás de cada una de las escenas de Tarde para la Ira, empezando por un electrizante minuto inicial que ya deja bien claras las intenciones del film. Si algo demuestra de forma especial Raúl Arévalo es que dirige en consonancia con la actitud de sus personajes, hasta el punto de hacer partícipe al espectador de lo que pasa dentro de sus cabezas. La tensión que transmite a partir de los silencios y las miradas, donde somos plenamente conscientes de que pasa por la cabeza del protagonista y estamos apretando los dientes esperando el momento en que lo materializará, demuestra que su trabajo no es sólo cuestión de nervio, sino que también sabe manejar muy bien lo que quiere inculcar en cada ocasión y cuál es el punto adecuado para hacerlo.

El otro acierto de Tarde para la Ira es el trato que muestra hacia los personajes y sus más que controvertidos comportamientos. Partiendo de la base que prácticamente nadie se podrá identificar con la situación que atraviesan, Arévalo no busca justificar ni aleccionar, sino que se dedica a modular la relación entre José y Curro de modo que son ellos dos los que mejor se acaban comprendiendo de forma recíproca. Para evidenciarlo, cuenta con Antonio de la Torre y Luis Callejo a un nivel altísimo, sobre todo por cómo saben evolucionar a partir de la primera impresión que pueden causar sus personajes, y por cómo van exteriorizando todo lo que llevan dentro. También Ruth Díaz hace una notable aportación, aunque haya detalles o decisiones concretas de su personaje que resulten un poco más rigurosas. Globalmente, todo el reparto de Tarde para la Ira contribuye a vestir las diferentes situaciones con este aroma -de periferia primero, y rural después- que caracteriza la película.

Raúl Arévalo tiene muy claro en todo momento el tipo de historia que quiere contar, por eso la afronta sin ningún miedo; tal cual. Su particular retrato de la venganza es tan duro como humilde, sin necesidad de subrayar dramatismos ni buscar grandes reflexiones. Incluso se reserva el derecho de incluir dos pequeñas chispas de humor. Salvo algún giro un tanto forzado y también de algún detalle quisquilloso que podría poner ligeramente en duda la credibilidad de alguna escena, Tarde para la Ira fluye sin descanso, alimentada por la tensión constante que flota en el aire desde que arranca el núcleo del argumento. Y la paciencia con la que Arévalo desplegando esta ira que pregona su título también resulta clave. Todo ello es más propio de un director experimentado que de un novato. El madrileño tendrá una buena papeleta delante cuando se decida a realizar su segunda película, ya que el listón que nos ha dejado es a una altura considerable.

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