Los Siete Magníficos

Los habitantes de Rose Creek viven sometidos a la tiranía de Bartholomew Bogue, un magnate de la industria minera que explota las minas de oro cercanas al pequeño pueblo. Después de que Bogue mate algunos hombres del pueblo y amenace definitivamente con echar a todos sus habitantes, estos comienzan a buscar ayuda para poder hacer frente. En primer lugar, convencen a Sam Chisolm, un oficial de la ley del estado de Kansas, pero éste comienza a reclutar algunos de los hombres que conoce hasta formar un grupo de siete que intentarán evitar que Bogue se salga con la suya.

Cuando la mítica melodía de Elmer Bernstein empieza a sonar, luego que arrancan los créditos finales de Los Siete Magníficos, es fácil notar cierta sensación de desencaje. No tanto porque este “remake” destroce el legado del título que reinterpreta, sino porque el concepto de película es sensiblemente diferente. Así como John Sturges dotó de alma de western la historia original de Kurosawa, ahora Antoine Fuqua filtra muchos de los elementos susceptibles de entorpecer el ritmo y la vistosidad, y busca claramente un filme de entretenimiento masivo. Y eso es lo que acaba siendo: un producto de fácil digestión, planteado con todo el dinamismo y la gracia que se requerían para la ocasión, y que no se complica demasiado la vida a la hora de buscar un estilo o un enfoque propios. Vamos, que se disfruta con la misma facilidad que se acaba guardando en el cajón de películas irrelevantes.

Los Siete Magníficos

Los Siete Magníficos

Los Siete Magníficos se sustenta básicamente en el carisma de sus protagonistas, la espectacularidad de todos los tiroteos y la celeridad con que Fuqua va encadenando un hecho tras otro. Estas dos armas hacen del todo portables las 2 horas y 10 minutos, ya que no dan lugar a grandes altibajos, pero a la vez comportan todos los daños colaterales que no permiten a la película unas aspiraciones algo más elevadas . El primero de ellos es el que podríamos denominar como “síntoma Escuadrón Suicida”, ya que el septeto protagonista muestra una falta total de conjunción como grupo y funciona más bien como una suma de todas las individualidades. En realidad, esta es una consecuencia del pobre trabajo que hay detrás de los personajes, ya que, salvo un par de excepciones, Los Siete Magníficos apenas dedica tres o cuatro diálogos para explicarnos el trasfondo de cada uno de ellos. Queda claro, pues, que a Fuqua no le interesaba “perder minutos” con estas cuestiones.

La falta de profundidad en las historias personales convierte Los Siete Magníficos en uno de esos títulos que no sale muy bien parado si nos ponemos a cuestionar el porqué del comportamiento de cada personaje. Es más, ninguno de los motivos que nos podría dar el film es suficientemente sólido para justificar que estos siete hombres se unan en una causa de carácter casi kamikaze como es la que defienden. Si lo recordamos, el peso de las respectivas motivaciones de cada “magnífico” era un hecho clave en la trama original, pero aquí queda del demasiado diluido y se echa de menos. Y no es la primera vez que Antoine Fuqua cae en esta carencia, ya que su The Equalizer presentaba una problemática similar. Debido a esto, Los Siete Magníficos no llega a generar una implicación emocional demasiado importante en el espectador, de modo que su épica final tiene un componente puramente adrenalínico, sin que la muerte o la supervivencia de uno u otro nos afecte especialmente.

A pesar de todas las carencias en el fondo del conjunto, Los Siete Magníficos se puede disfrutar perfectamente si se asume su concepción de ‘blockbuster’ de acción. En esta vertiente, el director de Pittsburgh tiene recursos de sobra para ofrecer un buen material, y no se puede negar que lo consigue con efectividad. El film tiene capacidad de sorpresa, buenas coreografías y secuencias de mérito, aparte de un puntual uso del humor que siempre funciona. Eso sí, por encima de todo, el filme tiene a Chris Pratt: el mejor todo terreno que ha encontrado Hollywood en los últimos años. Para ponerse en la piel del tramposo y amante del whisky Josh Faraday, se podría decir que el actor traslada su Star-Lord de Guardianes de la Galaxia al terreno del western, y su carisma hace el resto para convertirse en el alma de la película. Eso sí, Denzel Washington -aunque cuesta verlo bajo el sombrero de cowboy- también contribuye imponiendo su presencia, e incluso Ethan Hawke sabe complementarlos con su peculiar Goodnight Robicheaux.

Aunque a nivel global Los Siete Magníficos tiene puntos reivindicables que hay que apuntar, lo cierto es que hay que hacer grandes esfuerzos para justificarla como “remake”. No es que considere el filme de John Sturges como uno de los mejores westerns de la historia, pero es evidente que forma parte del gran legado cinematográfico que dejó este género durante los años 60 y 70, y el hecho de reconvertirlo ahora en una película de vocación tan estandarizada es claramente discutible. Para ello se habrían podido ahorrar la banda sonora de Bernstein durante los créditos finales y evitar esta comparación de la que esta nueva versión no sale muy bien parada. En estos casos, lo mejor es ser consciente de que el objetivo perseguido es del todo diferente, y que aquí priman otras prioridades. Es complicado que el público no encuentre un mínimo nivel de diversión asegurada viendo Los Siete Magníficos, pero lo cierto es que si no se hubiera hecho tampoco lo habríamos echado de menos.

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