El Porvenir

Nathalie es una enamorada de la filosofía: es profesora, divulgadora e incluso responsable de una colección editorial dedicada a esta materia. Combinándolo con su vida familiar y el cuidado que debe tener de su madre, que no la deja en paz, su día a día es ajetreado e intenso, pero el entusiasmo por lo que hace ser feliz. Sin embargo, su vida da un giro de 180 grados cuando una desafortunada sucesión de hechos rompen sus esquemas y la obligan a plantearse de nuevo qué tipo de vida quiere llevar.

Con tan sólo 26 años, Mia Hansen-Løve situó su ópera prima Todo está perdonado entre las finalistas a mejor película en los Premios César de 2007. Nueve años más tarde, y ya con cinco títulos en su filmografía, la directora no sólo tiene una buena colección de premios y reconocimientos a nivel internacional, sino que ha creado un sello propio fuerza identificable en la que se podría definir como su visión cinematográfica de la vida. Y El Porvenir no hace más que demostrarlo todo. Sin estridencias pero tampoco atenuantes, Hansen-Løve nos introduce en la vida de una mujer justo antes de que su trayectoria empiece a sufrir un giro tras otro, y nos invita a participar de sus obligadas decisiones vitales; aquellas que no creía que debería tomar habiendo superado ya los 50 años. Con un tono muy medido y equilibrado, el recorrido no necesita recurrir a situaciones muy rompedoras u originales para resultar efectivo y enriquecedor.

La dicotomía entre teoría y práctica, entre pensamiento y acción, tiene una presencia muy importante en toda la evolución narrativa de El Porvenir. No se trata tan sólo de confrontar diferentes visiones, de contar con personajes de una alta capacidad intelectual o citar un buen número de pensadores, sino de bajar todo a un nivel terrenal y enfrentarlo con la realidad. No es nada arbitrario, pues, que la protagonista Nathalie sea profesora de filosofía: por un lado, supone un claro componente autobiográfico (los dos padres de Mia Hansen-Løve lo son, y ella reconoció que parte del argumento se inspira en hechos reales), pero por otro permite generar una interesante lectura de cómo a menudo la vida está por encima de teorías o ideologías (lo que, en realidad, también debe contener una buena porción de la visión personal de la directora). Y es que El Porvenir habla, por encima de todo, de la posibilidad de evolucionar constantemente y de la importancia de no quedarse estancado en una concepción cerrada de la vida.

El personaje de Nathalie se puede definir como una de aquellas personas que, de vez elucubrar y teorizar sobre la vida, casi se olvidan de vivirla. La presentación por parte de Hansen-Løve es para incluirla en un manual de narrativa: escenas cortas, concisas y suficientes para hacernos conocer una vertiente de su personalidad, su situación y sus motivaciones. Enseguida afloran los pros y contras, como el entusiasmo y entrega que muestra a la hora de explorar y divulgar el mundo de la filosofía, pero a la vez la desconexión hacia sus hijos, con quien es incapaz de mantener una conversación banal durante un almuerzo en familia. Pero es cuando la película la pone a prueba -y de qué manera- que aflora todo lo que El Porvenir nos quiere contar. La búsqueda de la propia libertad, la posibilidad de ampliar su perspectiva sobre sí misma y la detección y corrección de los errores cometidos hasta entonces son el verdadero aprendizaje que Nathalie extraerá de todo lo que le pasa.

El Porvenir

El Porvenir

La clave de este rumbo incierto pero revitalizante que emprende Nathalie es el binomio que forman Mia Hansen-Løve detrás de la cámara y Isabelle Huppert ante ella. La primera convierte un guión con todos los números de convertirse en un auténtico melodrama en una historia mucho más agridulce, que no se deja llevar por la fatalidad y desprende en todo momento un punto de optimismo y confianza, sin llegar a resultar ingenua. La segunda desarrolla un personaje realmente complejo con una naturalidad que asusta, sobre todo por cómo canaliza y dosifica el dolor, a la vez que lucha para ver el lado positivo de cada contratiempo. Hansen-Løve impone la tonalidad adecuada, y Huppert lo materializa en una mujer creíble y cercana, probablemente porque es tan imperfecta como todos nosotros, por mucho que parezca mucho más aguerrida intelectualmente. Se hace evidente que El Porvenir no busca el consentimiento del espectador en todo lo que hace Nathalie, sino que la plantea como un ejemplo de resistencia a tirar la toalla.

Es cierto que los ambientes intelectualistas por los que transita el film propician algunos personajes y diálogos un poco gravosos, incluso complicados de procesar para el espectador medio, pero el film no llega a resultar pretencioso en este sentido gracias a la visión crítica -aunque respetuosa- de Hansen-Løve. Es evidente que el estudio y comprensión de los grandes filósofos de la historia propicia una capacidad de análisis y también una plenitud mental que pueden llegar a llenar la vida de una persona, pero El Porvenir también apunta que hay algo más allá, más instintivo y seguramente menos racional, pero que es capaz de hacernos avanzar y adaptarnos a cada situación inesperada. Del mismo modo que los filósofos racionalistas y los empiristas enfrentaban sus visiones de la existencia del hombre (razonamiento vs. experiencia), El Porvenir subraya como, al fin y al cabo, pueden ser precisamente las experiencias las que acaben propiciando los razonamientos más adecuados.

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