Linda Lovelace

La historia que cuenta Linda Lovelace
acerca de que fue vejada es tan ridícula
como la de los chiflados que aseguran que
Neil Armstrong aterrizó sobre Arkansas
y que toda la misión lunar es una estafa.
Si América no quiere saber la verdad,
entonces no hay nada que yo pueda hacer.

Jim Holliday, historiador

El director de cine Gerard Damiano es, en gran parte, responsable del mito conocido como Linda Lovelace. Fue a él a quien se le ocurrió la fabulosa idea del clit en la garganta y, posteriormente, con 22 mil dólares en la bolsa, quien organizó una excursión a Miami en enero de 1972, para filmar una de las películas porno más famosas y rentables de la historia. Han pasado casi treinta años y Deep throat (Garganta profunda) ha generado ganancias superiores a los 600 millones de dólares.

I’m your boogieman. Los setenta, los años que llenan de vergüenza a más de uno, la década del poliéster, los zapatos de plataforma, el pelo afro, la cocaína y las bolas de espejitos colgadas del techo. The dream is over, man. La afirmación del “yo”, no del “nosotros”. El desencanto de la comuna transformado en narcisismo a ritmo de funk, fun, fuck.

Sin memoria, sin compromisos, los días del bump fueron benévolos para segundo aire del “ready made art”, para el despapaye sin cruda inmediata, para un reajuste en la definición del término “obsceno”. Los cines para perversos se quintuplicaron y las salas neoyorquinas estrenaron los primeros largometrajes de sexo explícito. Una de las teóricas del feminismo, Germaine Greer, se desnudó para un pasquín amarillista. John Holmes, un completo desconocido, se volvió –de la noche a la mañana– en la celebridad del momento al hacer alarde de sus casi 15 pulgadas de hombría. La prostituta feliz, Xaviera Hollander, puso su nombre en la lista de los libros más vendidos. Así los tiempos.

Linda Lovelace

Linda Lovelace

¿Te importa si fumo mientras comes?

Deep throat se estrenó en junio de 1972, específicamente en el New World Theater de la calle 49 (Times Square, Nueva York). Para sorpresa de los exhibidores, la audiencia no estaba compuesta únicamente por pederastas de gabardina. Miles, y después millones, de norteamericanos comunes y corrientes llenaron las salas y presenciaron por primera vez una escena de amor con pelos y señas (y pliegues). Frank Sinatra, Warren Beatty, Truman Capote, Bob Woodward (el reportero del escándalo Watergate que usó la palabra “Deepthroat” para nombrar a su fuente de información) y otros artistas e intelectuales se dieron su escapada para admirar a la naciente estrella del porno y su inusitada pericia para engullir embutidos.

La anécdota, aunque simple, no deja de ser simpática: una mujer (Lovelace) que no obtiene ningún placer al tener relaciones sexuales, se hace revisar por un médico especialista en este tipo de disfunciones. Después de una pequeña auscultación, el galeno descubre que la paciente –por una extraña deformación nunca explicada– tiene el botón del placer justo a medio camino entre las muelas y el estómago.

Tras el estreno de la película, Linda Lovelace acaparó los reflectores de los medios de información. Todo tipo de revistas la sacaron en portada (quizá la más famosa sea la de Esquire, en donde aparece chupando una paleta y con cara de “yo no rompo un plato”). En los cientos de entrevistas que concedió, dijo cosas como “no ha nacido el hombre suficientemente largo o ancho al que no pueda hacerle el servicio completo”, además de dar consejos en cuanto a la respiración, ritmo y posición correcta del esófago al practicar una felación a fondo.

La Linda que de niña quiso ser monja, la inocente criatura que estuvo toda su vida en escuelas católicas, se convirtió –en un abrir y cerrar de labios– en la reina del porno norteamericano: “Soy una exhibicionista, me encanta agacharme y quiero que todo mundo me vea. Además hago buen dinero. No tengo inhibiciones en cuanto al sexo… Sólo espero que todo el mundo que vaya a ver la película se divierta y, por qué no, aprenda algo.” Pero los paseos en limosina le duraron poco. Paradójicamente, su habilidad para tragar espadas de cabo a rabo (entiéndase, por favor) terminó abruptamente con su carrera. Otras actrices porno, más jóvenes y mejor formadas, imitaron su técnica y pronto la industria se olvidó completamente de ella.

Linda Lovelace trató de salvar su trayectoria en varias ocasiones pero sin mucho éxito. Quizá lo más sobresaliente que hizo después de Deep throat fue una película zoofílica llamada Doggarama. Antes de desaparecer a mediados de los setenta, Linda Lovelace aceptó públicamente su adicción a la cocaína y a los calmantes. Casi diez años después –convertida en Linda Marchiano–, sacó a la venta un libro en el que asegura fue amenazada de muerte en cada una de las escenas eróticas que filmó. Según su texto: “Siempre había una pistola apuntándome a la cara” (en ese caso “siempre habían dos”, corrijo a la víctima). Casi todos los historiadores de la pornografía señalan que sus aseveraciones no son más que bullshit y que su caso es muy parecido al de otras actrices arrepentidas como Angel Kelly, Tracy Lords y Samantha Fox.

Un blow job a guisa de corolario

Garganta profunda introdujo el hardcore a la cultura pop y revolucionó la práctica del sexo oral. Fue la primera película pornográfica, estrictamente hablando, realizada con libreto, música original y en la que aparecen secuencias de humor. Sin lugar a dudas, abonó el terreno para cintas como Behind the green door, Devil in Miss Jones y Debbie does Dallas. A ciencia cierta, nadie sabe la cantidad de dinero que esta película recaudó en taquilla, además de los miles de dólares en ventas y rentas cuando pasó a video. Sea cual fuere la cifra exacta, el flick que protagonizó Linda Lovelace –filmado en seis días con un presupuesto de 22 mil dólares– se convirtió en la producción más lucrativa de todos los tiempos, si de costo-beneficio hablamos.

–Señor Gómez, ¿por qué está tan fuertote?
–Porque me tomo mi sopita todos los días.

EXTREME CLOSE UP.

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