Leviatán

Kolya es un mecánico que vive con su hijo y su segunda mujer en una casa situada en las afueras de un pueblo en el norte de Rusia, en la costa del Mar de Barents. Dada la privilegiada posición de sus terrenos, el alcalde de la ciudad hace todo lo posible -dentro y fuera de la ley- para arrebatarle y convertirlo en suelo público, pero Kolya se resiste a perder lo que es suyo y defiende sus derechos. Es por eso que llama su abogado de confianza para que venga desde Moscú, pero este no lo tendrá nada fácil contra una autoridad empeñada en conseguir su objetivo.

Dice la leyenda de David y Goliat que en toda lucha aparentemente desigual, por muy grande que sea la diferencia entre los dos contrincantes, el pequeño siempre tendrá alguna posibilidad de salir triunfador, ya que la voluminosidad y la fuerza no son sinónimos infalibles de victoria. Lamentablemente, este relato bíblico no siempre se puede corroborar cuando se pone en práctica entre los humanos, ya que, en el mundo actual, son demasiado numerosas las situaciones donde el más desvalido no tiene nada que hacer contra el monstruo poderoso. Una de ellas la encontramos en Leviatán, un drama frío y descorazonador donde los monstruos en cuestión no son otros que los niveles de poder en Rusia, ávidos de apropiarse de los bienes más preciados de un solo individuo y dispuestos a hacer lo que sea necesario para conseguirlo. Una batalla extremadamente dura para un hombre que simplemente quiere conservar lo que le pertenece y que se ha ganado con total dignidad, gracias a su trabajo y su dedicación.

Tras su exitoso paso por festivales -premio al mejor guión en Cannes 2014-, Leviatán ha adquirido cierta popularidad recientemente. Por un lado, gracias a su triunfo en los Globos de Oro como mejor película de habla no inglesa (derrotando Ida contra todo pronóstico) y la consecuente postulación para el Oscar; por otro, por la censura que Vladimir Putin le ha impuesto a su propio país. No es de extrañar que el presidente ruso no le haya hecho ninguna gracia la película, ya que el director Andrei Zvyagintsev muestra sin reservas las miserias e injusticias de una sociedad oprimida por el abuso de autoridad del poder político, judicial y eclesiástico. Leviatán destapa las complicidades entre las tres partes a la hora de imponer su voluntad, pero también muestra de forma dolorosa el cinismo con que se comportan los ciudadanos a la hora de la verdad, por mucho que el conflicto les concierna a nivel afectivo, o incluso familiar. El miedo a luchar contra la maquinaria del sistema es un peso demasiado grande, y una garantía de derrota.

Fotograma de Leviatán

Fotograma de Leviatán

Zvyagintsev dibuja una sociedad rusa donde las clases sociales bajas parecen abocadas al sufrimiento, indefensas ante el poder, pero que a la vez miran hacia otro lado ante una injusticia. Y es este progresivo sentimiento de soledad del protagonista Kolya, alimentado por su situación personal, lo que hace más daño de la historia. Además, el director aprovecha los paisajes áridos y fríos del norte de Rusia para acentuar la frialdad y desilusión que gobiernan la vida en un pueblo de pescadores cualquiera, donde el vodka parece la única salida a tanta perdición. La fotografía, siempre azulada y de poco contraste, e incluso extrañamente apagada cuando la composición de las imágenes pide más luminosidad, crea un cierto efecto de antibellesa. Zvyagintsev escoge las imágenes a conciencia para ilustrar simbólicamente el monstruo que amenaza a los protagonistas, consiguiendo una gran potencia narrativa, ya la vez demostrando una gran versatilidad.

El preocupante realismo de Leviatán todavía se realza más gracias a la magnífica labor de todo el reparto. Aleksey Serebryakov la encabeza de forma tan sólida como agotadora, ya que en todas las desgracias y la lucha infructuosa de su personaje hay que añadir el hecho de que está alcoholizado durante buena parte del metraje. Sin necesidad de grandes aspavientos, Serebryakov exterioriza de forma relativamente contenida, pero con un fuerte poso rabioso, la vida de una hombre que, sin haber hecho nada, ve como todos los cementos que la sostenían se derrumbando. También el resto de secundarios, como Roman Madyanov, Vladimir Vdovichenkov o Elena Lyadov destacan por la veracidad que dan a sus personajes, siempre influenciados por el inhóspito entorno donde tienen que vivir, y también por la fatalidad global de la historia. El ritmo paciente -en ocasiones contemplativo- de Leviatán, donde no falta algún diálogo o escena de capricho, queda compensado por esta veracidad que pone todo el reparto.

Imagen de Leviatán

Imagen de Leviatán

Tras la impactante parsimonia y frialdad con que desarrolla buena parte de la película, Andrei Zvyagintsev se guarda las imágenes y palabras más contundentes para su tramo final. Es el momento en que vemos el monstruo más de cerca, ya sea en forma de maquinaria pesada (probablemente, la secuencia más potente del filme) o de sermón cargado de hipocresía y cinismo con el que te entran ganas de apretar los puños . Si el señor Putin no quiere que su gente vea Leviatán, no sólo es por la aparición puntual de su fotografía colgada en el despacho del alcalde, sino para evitar que buena parte de la sociedad rusa se vea reflejada en Kolya. Y, quién sabe, tal vez tomarían conciencia y decidirían hacer frente a este monstruo que hasta ahora los ha tenido sometidos. En caso de no ser así, el futuro de este pueblo seguirá siendo aquel que determinen los que tienen por encima.

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