La Visita

Becca y Tyler son dos hermanos de 15 y 13 años que nunca habían visto sus abuelos debido a la pérdida de toda relación por parte de su madre, pero ahora la han convencido para que los deje pasar una semana con ellos en la casa que tienen en medio de la montaña, en Pensilvania. Becca se lleva la cámara para grabar su estancia a modo de documental, y así saber qué pasó exactamente con su madre. Cuando llegan, todo parece normal, pero las cosas cambian cuando llegan las 21:30 de la noche, la hora límite que los abuelos ponen a sus nietos para que vayan a dormir. Este es el argumento de La Visita.

Nadie lo esperaba. Nadie lo hubiera dicho. Nadie nos había avisado. Pero M. Night Shyamalan ha elegido el otoño 2015 para recordarnos que, cuando quiere, puede ser uno de los cineastas más lúcidos de este siglo. Y lo ha hecho, también, de forma bastante insólita: con La Visita, con una película humilde, rodada con cuatro duros y de apariencia más propia de cualquier director que se inicia en la materia que de uno de los nombres que marcó el género de terror en el cambio de siglo. La Visita no luce el sello Shyamalan que nos cautivó desde la inolvidable El Sexto Sentido (1999), sino que recurre a una técnica tan gastada como la del ‘found footage’ y se focaliza en una historia concisa que apenas cuenta con cuatro protagonistas. Un regreso al punto de salida que funciona a las mil maravillas, y que el director necesitaba con urgencia tras sonados fracasos comerciales como Airbender (2010) o After Earth (2013).

Si bien es cierto que la película La Visita supone un cambio formal en la filmografía de Shyamalan, La Visita contiene varios elementos que han caracterizado el cine del director, como por ejemplo su destreza para manejar en todo momento el rumbo narrativo de los hechos y como esto deriva en la forma de percibirlos por parte del espectador. Aquí, esta virtud se traduce en escenas de tensión y sufrimiento construidas con mucha mala baba y de modo tremendamente efectivo, siempre ofreciendo los segundos justos para tener el espectador clavado en la butaca y dejando los niveles de previsibilidad en su justa medida. Tampoco puede evitar levantarnos la camisa en más de una ocasión. El otro elemento clave en La Visita -inherente a su formato de vídeo doméstico- es la importancia que tiene la mirada, ya que todo el film La Visita se vive desde los ojos de los dos niños protagonistas y por lo tanto no tenemos más perspectiva que la suya, excepto en algunos momentos muy puntuales.

Los encantadores abuelos de La Visita

Los encantadores abuelos de La Visita

Shyamalan no sólo aprovecha el formato de La Visita para encontrar aquel encuadre que sabe que nos lo hará pasar especialmente mal -en ocasiones, de forma un tanto descarada y todo-, sino que aprovecha para introducir una capa metacinematográfica intermedia en la que, en realidad nos está explicando como ha hecho la propia película La Visita. Gracias al semi ‘alter ego’ del personaje de Becca, el director explicita decisiones de guión o montaje, en lo que podría ser una especie reivindicación de sí mismo como autor tras su reciente etapa negra en Hollywood. Entre esto y el considerable componente humorístico que introduce gracias a los dos adolescentes protagonistas (y un par de momentos de “yo fui actor” casi surrealistas), una de las certezas a las que se puede llegar es que Shyamalan ha hecho y deshecho a su gusto La Visita, y que probablemente se ha divertido como un niño durante todo el proceso.

En realidad, el hecho de poner la acción a los ojos de los dos jóvenes acentúa el componente lúdico de la película La Visita y también su mensaje intergeneracional. Shyamalan proyecta -en la figura de Tyler, esencialmente- un modelo de adolescente inmaduro, descreído y altivo ante la vida, y le da toda una lección enfrentándose a la “vieja” escuela, encarnada por sus dos abuelos. Por una vez, no son los niños los que dan miedo, sino los ancianos. El terror en La Visita proviene de algo real, no responde a hechos sobrenaturales ni a ningún tipo de posesión espiritual, y es aquí donde Shyamalan inculca el miedo de forma transversal a los propios protagonistas y al espectador, que sabe que todo aquello no pertenece a ningún mundo de ciencia ficción, sino a su; y realmente puede resultar escalofriante. En su cometido, el director cuenta también con la enorme ayuda de la aterradora actuación de Deanna Dunagan, capaz de ponernos los pelos de punta una y otra vez, y de inquietarnos de mala manera sólo por el hecho de aparecer en escena.

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A pesar de esta salida del apartado sobrenatural por parte de Shyamalan, La Visita es una película que sigue ofreciendo el juego de no verdades que tanto gusta al director. Su despliegue durante la hora y media de metraje es astuto y no necesita trampas; al contrario, se detectan complicidades y detalles que apelan claramente al espectador (como esos letreros que nos indican el avance de los días, no a modo informativo, sino como advertencia de lo que aún nos queda por delante). Detrás cada escena, imagino un Shyamalan con sonrisa maliciosa y frotándose las manos, no sólo consciente de que nos hará sufrir, sino que también nos hará disfrutar a lo largo de todo el trayecto. La Visita presenta todos los convencionalismos formales para ser una película más de terror, pero Shyamalan la convierte en un paradigma del estado actual de este género. El director ha entendido cuál era el mejor camino para retomar el vuelo, y su talento ha hecho el resto con una de las películas de terror más interesantes del año: La Visita.

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