Kubo y las dos cuerdas mágicas

En un pueblo de Japón, el pequeño Kubo vive tranquilamente encima de un acantilado cuidando a su madre, que ha quedado trastornada después de que su propio padre hubiera intentado matarlos. Para ganarse la vida, Kubo hace espectáculos con papeles en el centro del pueblo, donde explica una y otra vez las proezas de un samurai que debe derrotar a un gran enemigo. No obstante, Kubo procurará volver antes de que el sol se ponga, ya que la oscuridad hará avivar unos fantasmas del pasado que lo llevarán a una dura lucha para sobrevivir.

Por mucho que hayamos elogiado repetidamente que ciertos personajes animados creados por ordenador parezcan mostrar una verdadera alma, no hay duda de que cuando hay un componente palpable entremedias el efecto toma una dimensión especial. No es lo mismo observar rostros y cuerpos diseñados a base de movimientos de ratón o lápiz óptico, que acercarse a figuras surgidas de las propias manos de sus creadores. Es por este motivo que estudios como Aardman o Laika siguen siendo tan valiosos dentro del género de animación, porque son capaces de ofrecer de vez en cuando estas pequeñas rarezas tan necesarias. La más reciente es Kubo y las Dos Cuerdas Mágicas, que supone un ambicioso salto en el seno de Laika Animation dada su combinación de técnicas visuales y también las características de su historia. Y es que sus múltiples referencias culturales y temáticas contienen un mensaje mucho más adulto y complejo de lo que estamos acostumbrados a ver.

Fotograma de Kubo y las dos cuerdas mágicas

Fotograma de Kubo y las dos cuerdas mágicas

El film apuesta por no dar más explicaciones que las justas sobre su funcionamiento en el apartado sobrenatural, y nos invita a dejarnos llevar por su creatividad y también su épica.”

A pesar de tener la alargada sombra de Ghibli detrás, el director Travis Knight y compañía no se arrugan a la hora de evidenciar las raíces japonesas de Kubo y las Dos Cuerdas Mágicas. Planteada como una auténtica leyenda de samurais que se inicia en un pueblo de tierras niponas, la historia contiene numerosos otros elementos pertenecientes a esta cultura, desde el arte del origami hasta varios símbolos mitológicos (el mono, el escarabajo, el dragón) que tienen un gran peso en la evolución del argumento; todo ello, rodeado por un universo de fantasía que podrían firmar -aunque probablemente tratarían de forma bastante diferente- los Miyazaki y compañía. En este caso, el film apuesta por no dar más explicaciones de las justas sobre su funcionamiento en el apartado sobrenatural y nos invita a dejarnos llevar por su creatividad y también su épica, desarrollada a partir de una estructura bastante simple, pero con un gran dinamismo y capacidad de sorprender.

A pesar de su apariencia infantil, estoy seguro de que Kubo y los Dos Cuerdas Mágicas no resultará muy buena elección para algunos de los padres que decidan llevar a los más pequeños de la casa. El film tiene un punto oscuro permanente, no sólo por el enemigo que persigue el pequeño Kubo, sino por todo el trasfondo que vamos conociendo poco a poco, y Travis Knight no duda en subrayar visualmente cuando esta oscuridad incide con más contundencia en la historia. Del mismo modo, los personajes no son particularmente alegres o bromistas, y el humor que se incluye es puntualmente efectivo pero moderado. Una buena muestra de este aspecto es el personaje del escarabajo, que en cualquier otra película animada habría sido el típico secundario encasillado en la función de gracioso del grupo, pero aquí recibe un tratamiento bastante más elaborado y relevante. Resumiendo: Kubo y las Dos Cuerdas Mágicas no es una película amable o benévola, sino claramente dramática.

Fotograma de Kubo y las dos cuerdas mágicas

Fotograma de Kubo y las dos cuerdas mágicas

En un género donde el perfeccionismo parece ser el único camino posible, genera una sensación especial el poder notar las texturas, detectar los mínimos saltos entre frame y frame, y, en definitiva, apreciar la condición artesanal de la película.”

No es habitual que un título de animación protagonizado por un niño lo sitúe en escenarios tan complejos a nivel emocional como los que debe afrontar Kubo. Desde la chocante revelación inicial que su abuelo intentó matarlos a él y su madre, pasando por los diversos detalles que va descubriendo y hasta llegar al enfrentamiento final, prácticamente en ningún momento hay una implicación familiar que añada un lastre moral más a lo que debe conseguir. La lección que quiere transmitir Kubo y las Dos Cuerdas Mágicas es, pues, mucho más adulta de lo que parece, ya que difícilmente los más pequeños entenderán todo lo que conlleva su desarrollo. Eso sí, también es cierto que el filme tiene algunas dificultades para redondear su propuesta narrativa, especialmente en su tercer acto, que resulta un poco demasiado atropellado y con alguna decisión un poco rigurosa a la hora de escoger su colofón. También hay que apuntar, aunque sea un reproche leve, que el argumento no fluye siempre con la misma suavidad.

A pesar de los pequeños tropiezos narrativos de la película, es de agradecer que aún se pueda disfrutar de títulos como Kubo y las Dos Cuerdas Mágicas en una pantalla de cine. En un género donde el perfeccionismo parece ser el único camino posible, genera una sensación especial el poder notar las texturas, detectar los mínimos saltos entre frame y frame, y, en definitiva, apreciar la condición artesanal de la película. en cada movimiento de los personajes. La incorporación que hace Laika del 3D por ordenador como segunda capa, justificada por la ambientación y la ambición visual de la historia, no resulta ser ninguna pega, sino todo lo contrario, ya que la integración de las diferentes técnicas está perfectamente conseguida . Así pues, aunque no llegue a alcanzar una absoluta excelencia, no hay duda de que Kubo y las Dos Cuerdas Mágicas aporta mucho más valor a su género, y al cine en general, que la inmensa mayoría de películas de animación que llenan la cartelera y las taquillas.

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