Interstellar

En un futuro no excesivamente lejano, el planeta Tierra se está quedando sin recursos naturales que garanticen la supervivencia de la especie humana. Es por ello que la NASA ha diseñado un proyecto destinado a buscar otros planetas potencialmente habitables más allá de nuestra galaxia. Cooper, un ex piloto espacial convertido en granjero, es designado para encabezar la última misión para conseguir este objetivo, lo que provoca la dolorosa decisión de dejar a sus dos hijos en la Tierra en unas condiciones cada vez más difíciles.

Dentro de esa etapa vital en la que todavía no tienes ni idea de nada, pero empiezas a tomar conciencia de temas trascendentales, recuerdo especialmente las primeras cábalas mentales sobre nuestra presencia en el universo. Y no me cuesta nada revivir la extraña sensación de vértigo y pequeñez que me entraba cuando intentaba hacerme una idea mental de este espacio que nos rodea de forma ilimitada. En realidad, poco cambia si me paro a pensar ahora. Desconozco si Christopher Nolan vivió situaciones parecidas, pero lo cierto es que en Interstellar me he encontrado una expresión cinematográfica de todas estas imágenes que circulaban de forma caótica por mi cabeza. Por evocaciones como ésta, por muy subjetiva que sea, y otras razones que convierten el film en una inmensa experiencia sensorial, no considero que los múltiples aspectos discutibles en cuanto a guión y recursos narrativos (que están, y los reconozco) le resten los puntos suficientes para aplastar todo el conjunto.

Interstellar es una película de dimensiones enormes en todos los sentidos, sin duda el proyecto más ambicioso de Nolan. Su alcance argumental contiene interpretaciones, estudios, teorías y resoluciones que sobrepasan la capacidad asimilativa de la mayoría de gente, y por lo tanto requiere dos cosas: una obligada digestión y recapitulación una vez visto el film, así como el establecimiento de unas prioridades que pueden acabar determinando nuestra opinión formalizada de ella. Personalmente, considero que es un prodigio a nivel técnico, capaz de hacernos sentir parte de la acción en todo momento y de inculcarnos su idea de forma inigualable (como si el propio director tomara la técnica presentada en Origen y nos la aplicara a nosotros). La majestuosidad de los escenarios y la elegancia de la puesta en escena vuelven a demostrar el dominio que el director británico tiene del sentido del espectáculo, pero también queda patente su cuidado de los detalles -las escenas en silencio, respetando la no propagación del sonido en el espacio, son bestials-. Todo ello ayudado de una banda sonora particularmente soberbia de Hans Zimmer.

Fotograma de Interstellar

Fotograma de Interstellar

Este paso más allá a nivel de épica y trascendentalismo de la historia genera unos aires de grandeza que en ocasiones no ayudan al conjunto, pero la sensación es que el objetivo prioritario de Christopher Nolan vuelve a ser el estímulo de la emoción. Y eso lo sabe hacer como nadie. La posibilidad de analizar Interstellar en clave estrictamente científica es, obviamente, elección de cada uno, pero creo que es improcedente en todo filme de ciencia ficción. 2001, de la que aquí encontramos múltiples referencias, es un ejemplo perfecto. En todo caso, sí resulta justo apuntar los tropiezos de guión que encontramos a medida que avanza la historia, en especial el uso que se hace de las casualidades como recurso narrativo, el poco rigor en el comportamiento de algunos personajes, la inconsistencia de diálogos puntuales y también las debilidades del apartado más sentimental de la historia, que perjudican sobre todo la resolución final. Tampoco hacía falta la reiteración de ciertas explicaciones para estúpidos, anulando el poder de deducción del espectador; nos escapan cosas, pero no tantas.

Resulta curioso, pero supongo que a la vez congruente, que el reparto de actores acabe teniendo poca presencia en el recuerdo global que nos deja la película. De entrada, me cuesta ver Matthew McConaughey en un papel como este, donde las sutilezas que tanto bien domina desaparecen por completo para dar paso a un perfil de héroe, pero lo cierto es que el actor tejano demuestra oficio y nos lo volvemos a creer de arriba abajo. Sus lágrimas protagonizan uno de los momentos álgidos de Interstellar. Como representante femenina, Anne Hathaway me parece un poco desubicada y se nota en su actuación, mientras que Jessica Chastain demuestra su gran talento, pero sólo en el reducido tiempo que tenemos en pantalla.

Junto con Casey Affleck, son dos elecciones de casting extrañamente desaprovechadas. También sorprende, y aún más, el “cameo” inesperado que nos tenía reservado Nolan en la figura de Matt Damon, aunque su fase de la historia no sea la más afortunada.

Del mismo modo que la ambición de Christopher Nolan crece de forma considerable, también lo hacen los recursos con los que sus detractores lo pueden atacar. Desde una visión estricta, es probable que Interstellar aún presente más incertidumbres y cabos sueltos que Origen, y que su base científica apele más que nunca a la fe que a la razón. Y es aquí donde cada espectador decide que quiere que sea la película para él. Personalmente, no voy a negar a nadie que una vez más Chris Nolan me pueda estar hipnotizante de mala manera para así camuflar las eventuales carencias del guión, pero una vez más me dejo llevar, no lo puedo evitar. Y lo disfruto como un niño. Habrá quien desmonte el filme de arriba abajo, y con buenos argumentos, pero a mí estos 170 minutos ya no me los quitan. Cuando imaginaba como podía ser el más allá de nuestra galaxia, tenía que parar para no preocuparse demasiado y volver a poner los pies en el suelo; delante de una pantalla de cine, los quiero mantener alzados tanto tiempo como pueda.

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