Foxcatcher

A pesar de haber ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 84, el luchador Mark Schultz no cuenta con las mejores condiciones para seguir trabajando y prolongar su éxito, tanto por los recursos de que dispone como por la fría relación con su hermano Dave, con quien entrena cada día. Por eso, cuando recibe la propuesta del multimillonario John du Pont para que se traslade a entrenarse en su mansión y cuente con su patrocinio, no duda en aceptar. Una vez allí, sin embargo, las cosas no serán tan fáciles como esperaba.

“América” ​​como motor, “América” ​​como orgullo, “América” ​​como problema, “América” ​​como solución, “América” ​​como escudo. “América” ​​como excusa para todo. En ningún otro lugar del mundo se puede sentir tantas veces que las cosas se hacen en nombre del país o de la patria como en Estados Unidos. En lugar podremos encontrar tampoco tantos usos y motivos diferentes, tantas causas y consecuencias. Foxcatcher es una película donde esta compleja y peligrosa mentalidad estadounidense muestra sus peores caras, y lo hace en uno de los ámbitos más significativos: el deporte de élite y, sobre todo, todo lo que le rodea. A su anterior filme, Moneyball, el director Bennett Miller ya se había adentrado en un ámbito deportivo tan genuinamente norteamericano como es el béisbol y su gestión estratégica y económica, pero esta vez aplica un punto de vista mucho más frío y psicológico en su historia gracias a la particular personalidad de su protagonista. Un enfoque interesante, pero globalmente falto de fuerza.

La de Foxcatcher es, por encima de todo, una historia -basada en hechos reales- condicionada de arriba abajo por este apoyo en el patriotismo al que recurre constantemente a la sociedad norteamericana. “La victoria de América” ​​es el primero que responde John du Pont cuando Mark Schultz le pregunta qué saca él de darle todo ello; una victoria que, para él, es más importante de puertas adentro que no fuera, pero que camufla poniendo su país por delante. Comparando a ella, prácticamente. En realidad, lo que esconden sus palabras es la frustración emocional de un hombre que, materialmente, lo tiene todo, pero a la vez se encuentra falto de todo lo demás; de lo que ninguna fortuna puede comprar. Un hombre que ha fracasado a nivel afectivo y familiar, y que necesita hacer de su historia un paradigma del sueño americano porque así su nombre sea presentado como un modelo a seguir para el resto de la sociedad.

Imagen de Foxcatcher

Imagen de Foxcatcher

Esta presentación y caracterización del personaje de John du Pont es indudablemente el mejor de Foxcatcher, sobre todo también por la habilidad de Miller a la hora de mostrar un Steve Carell irreconocible, no sólo por el maquillaje que la asemeja físicamente a la imagen del verdadero du Pont, sino por el carácter totalmente opuesto de su actuación en comparación con aquello a lo que nos tiene habituados. Su puesto arisco, la nariz prominente, el mentón siempre subido y el tono de voz bajo, agudo y pausado, casi sin aliento, le confieren un aspecto siempre frío y lejano. El montaje lento y de planos grandes, especialmente durante la primera hora de metraje, aunque subraya más el desafecto que transmite. El problema es que la evolución del personaje, y también nuestra como descubridores de su verdadera naturaleza, no llena todo el espacio que Foxcatcher necesita para lograr una mínima constancia en el interés que despierta.

La acción más propiamente deportiva, privada de toda épica o emoción de forma deliberada por parte de Bennett Miller, tampoco invita al acercamiento que en más de una ocasión se agradecería. En este sentido, la insipida actuación de Channing Tatum tiene cierta incidencia, pero el director se encarga de realzar lo. Se entiende la frialdad y la sobriedad en el enfoque, que persigue el objetivo de provocar el efecto contrario a lo que la riqueza y la abundancia deberían comportarse, pero Foxcatcher juega demasiado peligrosamente con el riesgo de la desconexión por parte de el espectador. Los últimos diez minutos, en el que el conjunto hace un giro brusco e impactante, dejan un poso del todo inesperado, pero también contribuyen a una especie de desconcierto por cómo cierran todo lo que hemos visto hasta entonces. Una culminación del personaje de John du Pont que funciona con lógica por sí sola, pero que no es suficiente para convencer en nombre del conjunto de la película.

Fotograma de Foxcatcher

Fotograma de Foxcatcher

Aunque resulta enriquecedor el inteligente retrato que Foxcatcher hace de la sociedad norteamericana a partir de un hombre que es producto de ella en el peor sentido, el personaje no acaba de cautivar ni resulta tan memorable como el film desea. Esto casa con los aires de ‘gran película’ que, en definitiva, no se acaban materializando. Bennett Miller demuestra una vez más que maneja la cámara con precisión y talento, que sabe dar una textura especial a las imágenes y también amoldarse a los personajes, pero el lastre del estancamiento que sufre la narración y la sensación global de estar viéndose todo desde la barrera y sin implicación castigan el conjunto. Viendo que este es el mismo error en el que, a su manera, caían tanto Capote como Moneyball, quizá Miller debería plantear una inyección de emotividad en sus películas, aunque esto pusiera en peligro el estricto rigor y sobriedad que siempre busca a la hora de plasmar su narración.

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