Everest

A mediados de los años 90, subir a la cima de la montaña más alta del mundo ya no es una hazaña reservada a los mejores alpinistas del mundo, sino que se ha convertido en un negocio donde algunas empresas lo ponen al alcance de quien pueda pagarlo. Rob Hall y Scott Fisher son dos organizadores de expediciones que quieren intentar el ascenso con sus respectivos grupos en el mismo día, ya que es el mejor a nivel meteorológico. Sin embargo, la acumulación de gente en el camino y la pérdida de tiempo que ello provoca los puede poner en serias complicaciones.

Desafiar las fuerzas de la naturaleza -ya sea por obligación o por decisión propia- ha sido un reto constante para todo humano para demostrar su capacidad de supervivencia ante una fuerza que no puede controlar. El mundo del cine siempre se ha nutrido, especialmente durante los años 90, y ha dado paso a numerosas películas de aventuras y catástrofes como La Tormenta Perfecta (Wolfgang Petersen, 2000), Twister (Jan de Bont, 1996) o, ampliando los límites, Apollo 13 (Ron Howard, 1995). Todas ellas, moderadas en exquisitez pero del todo efectivas en emoción y diversión. Everest llega como testigo directo y contemporáneo de todas ellas, y escoge el techo del mundo como escenario. Nieve, hielo, viento, decenas de grados bajo cero y los desniveles más grandes del planeta parecen elementos suficientes para seguir el camino de sus predecesoras, pero el resultado no va mucho más allá de una mediocridad que sólo se rompe de forma puntual durante el tramo final.

Everest se presenta desde un posicionamiento de gran respeto hacia la montaña y no duda en adoptar cierto tono crítico ante el comportamiento de los humanos hacia ella, siempre empujados por esta manía de convertirlo todo en un negocio. Parece, pues, que la película ya señale los errores de sus protagonistas cuando éstos todavía ni han empezado la ascensión. Sin embargo, aunque a la hora de la verdad los errores se materialicen, esta especie de mensaje naturalista y responsable cada vez se difumina más hasta quedarse en una mera apariencia que adorna la presentación inicial. Y es que la película se acaba apoyando mucho más en su capacidad de dar espectáculo visual, que en la de contar historias humanas o esconder lecturas de ningún tipo. La torpeza de su primera hora, en la que no sabe muy bien cómo llenar los minutos hasta llegar a su tramo realmente crucial, lo deja bien claro.

Everest

Fotograma de Everest

La activación que experimenta Everest a partir de su ecuador es evidente, ya que Baltasar Kormákur se encuentra mucho más cómodo haciendo sufrir los personajes que no haciéndoles hablar, pero esta mejora en dinamismo lucha constantemente contra el poco trabajo del texto que sostiene el acción. La constante incógnita de saber quién sobrevivirá y quién morirá se vive con expectación, pero nunca con implicación emocional, y esto es debido a la pobre construcción de los personajes; la gran mayoría no nos caen ni bien ni mal, algo inadmisible para cualquier filme. En general, Kormákur se limita a explicar brevemente los motivos y el contexto personal de cada uno, con cuatro pinceladas de su personalidad que tampoco nos transmiten nada especial. Y en el momento en que sí decide dar peso a la vertiente íntima de su protagonista, la cosa tampoco mejora demasiado, ya que lo hace de forma tan hinchada y forzada que revierte el efecto buscado.

Todo esto todavía sorprende más si tenemos en cuenta los nombres que interpretan estos personajes, ya que se genera una alarmante sensación de desperdicio, y también de desubicación. Jason Clarke y Josh Brolin todavía disfrutan de cierto protagonismo, pero era necesario fichar Jake Gyllenhaal, Emily Watson, Keira Knightley, Sam Worthington y Robin Wright porque apenas aparecieran unos minutos en pantalla? La percepción es que Everest quiere tapar las deficiencias del guión a base de estrellas de Hollywood. No obstante, a la hora de la verdad no marca ninguna diferencia el hecho de ver todas sus caras conocidas en lugar de otras. Es más, dudo que ninguno de ellos se muestre especialmente orgulloso de haber participado en una película como esta, llamada a tener una incidencia bastante más fugaz de lo que le tocaría -o por lo menos, de lo que ella depositaria.

Fotograma de Everest

Fotograma de Everest

Dentro del género al que pertenece, Everest peca de confiada. Cree que el escenario y la recreación de sus condiciones extremas serán suficientes para sacar al espectador boquiabierto del cine, pero deja demasiado de lado la composición de un verdadero relato -más allá de los hechos reales en los que se basaba que realmente dé alma a la película. Si por casualidad pego La Tormenta Perfecta, Twister o Apollo 13, es muy probable que me quede sólo por el hecho de poder volver a ver alguna escena concreta; cuando dentro de un tiempo me encuentre Everest, difícilmente me animaré a volver a verla.

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