Dos días, una noche

Después de haber superado un periodo de baja por culpa de la ansiedad, Sandra está preparada para volver a trabajar, pero antes de reincorporarse recibe una noticia que marcará su futuro laboral: el jefe de la compañía ha preguntado a la plantilla si prefieren una paga extra de 1.000 euros cada uno o que Sandra se reincorpore. En un principio, la gran mayoría vota la primera opción, pero Sandra consigue que la votación se repita lunes siguiente, con lo que dispone de dos días para intentar que sus compañeros cambien de opinión.

¿Estaría dispuesto a renunciar a una prima de 1.000 euros a cambio de que una compañera de trabajo pudiera mantener su puesto de trabajo? ¿Pesan más los beneficios personales de este dinero o la satisfacción de evitar que una persona se quede sin sueldo? El dilema está servido, y aunque parece bastante claro qué opción es la más indicativa de la verdadera calidad humana de una persona, la realidad no resulta tan simple como eso. Alrededor de este conflicto tan desgraciadamente actual gira Dos Días, una Noche, la nueva película de los venerados hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, que una vez más quieren llegar al tuétano del comportamiento humano para explorarlos su sus motivos y dejar que el espectador tome sus conclusiones. En este caso, interpretan las dificultades del actual contexto laboral para construir todo un drama personal y social donde el enorme realismo implica por completo un espectador que, encima, mantiene la expectación hasta el final.

El de Dos Días, una Noche es un punto de partida que pudo firmar el mismo Ken Loach, pero allí donde el director inglés hubiera apuntado descaradamente hacia la denuncia del abuso de poder y la reivindicación de la clase obrera, los Dardenne deciden dar mucho más peso al humanismo y la moralidad de los personajes. La película no obvia la injusticia que desencadena esta situación, y ya se encarga de reiterar que el más cruel de todos es el que plantea un dilema como este y lo pone en manos de los demás, pero su evolución se centra en las diferentes formas de resolverlo que tiene cada personaje. Es una película que no plantea buenos ni malos, donde el comportamiento de cada personaje genera un debate que no siempre es tan fácil solución. Incluso la protagonista, víctima de todo, puede levantar dudas en algún momento concreto. Esta falta de posicionamiento, sumada a todas las variables que van entrando en escena, enriquecen, y mucho, la aparente simplicidad de la trama.

Fotograma de Dos días, una noche

Fotograma de Dos días, una noche

El esqueleto de la película se convierte en el de una “road movie”, en la que la protagonista tiene que ir superando prueba tras prueba para lograr su objetivo final. En este caso, el reto es el de hacer cambiar de opinión a sus doce compañeros de trabajo, sus particulares Doce hombres sin piedad. La verdad es que, ayudado en gran medida por esta estructura narrativa, el ritmo es sorprendentemente dinámico si tenemos en cuenta que tras la cámara están los hermanos Dardenne. Ni sus largos planos secuencia, ni su habitual falta de prisa por explicar las cosas ralentizan el desarrollo; al contrario, su dirección próxima, constantemente con la cámara al hombro, acentúa más que nunca la veracidad de la historia, y de rebote su impacto emocional hacia el espectador. Dos Días, una Noche podría ser perfectamente un documental que sigue un caso real. No hay banda sonora, ni tampoco tratamiento de la imagen; el mínimo componente de ficción posible.

Esta finalidad es seguida a la perfección para todo el reparto de Dos Días, una Noche. La encabeza una Marion Cotillard que entre El Sueño de Ellis y ésta, ha tenido un año bastante cargado de fatalidad en cuanto a sus personajes. Aquí, la actriz francesa explota al máximo su capacidad dramática para ponerse en la piel de una mujer que no sólo tiene que hacer frente a su situación laboral, sino también a un estado de salud frágil, en uno de aquellos momentos donde parece que todo se le gire en contra. Con una constitución considerablemente delgada, Cotillard consigue trasladar el desánimo, pero también la tenacidad de la protagonista, sobre todo gracias a la fuerza de su mirada. En más de una ocasión, los Dardenne le aguantan el plan bastante rato, y se sale de forma excelente. Aunque prácticamente todo el peso recae en ella, el resto de actores también contribuyen a dar un aire sorprendentemente real al conjunto, sin que ninguno de ellos desentone.

Como ya es habitual en el cine de los hermanos Dardenne, la película carece de cualquier banda sonora, por lo que no hay ningún acentuando emocional que nos pueda condicionar, aunque la historia presente un par de momentos en los que la música tiene un peso emocional (y yo diría que irónico) importante. Una muestra más de la capacidad de estos dos belgas para construir situaciones realmente evocadoras con aparentemente poco, y sin necesidad de adornos de ningún tipo. A Dos Días, una Noche, también encontramos el sabor agridulce que los Dardenne suelen dejar con su cine; incluso en los momentos en que se podría interpretar un cierto optimismo, la sonrisa nunca es completo. Los matices, los detalles y las sombras detrás de las luces siempre están presentes, y el criterio de cada uno es lo que determina que extraemos de cada escena, y también, obviamente, de su desenlace. Un ejercicio enriquecedor y reflexivo, y que encima es bastante más asequible de lo que nos tenían acostumbrados los hermanos Dardenne.

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