Anacleto: Agente Secreto

En una prisión situada en pleno desierto, el agente secreto Anacleto lleva a cabo la peligrosa misión de trasladar su preso más peligroso, el malvado Vázquez, a otro centro. A medio camino, el furgón donde viajan es asaltado y Anacleto queda solo en el medio del desierto. Es entonces cuando, tras las amenazas recibidas por parte de Vázquez, decide contactar con su hijo Adolfo, un joven vago y aburrido que trabaja de vigilante de seguridad, y que pasa por un momento complicado con su novia por su falta de ambición vital. Este es, básicamente, el argumento de la película Anacleto: Agente Secreto.

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“Demasiado viejo para esto”. La primera frase de Imanol Arias luciendo el lazo negro de Anacleto deja bien clara la situación del protagonista, más cercana a la jubilación que a ninguna motivación que el anime especialmente a continuar su tarea. ¿Un inicio tópico? Pues tan sólo es el primero de los muchos escenarios conocidos del cine de espías de toda la vida que Anacleto: Agente Secreto recurre de forma plenamente autoconsciente y con una clara voluntad humorística. La cuarta película de Javier Ruiz Caldera recupera el mítico cómic de los años 60 creado por Manuel Vázquez y se inspira en su espíritu paródico para sumarse a la actual tendencia autorreferencial que vive el correspondiente género (como hemos visto, por ejemplo, en Kingsman o Operación UNCLE). Lejos de los recursos de los dos títulos citados, Caldera traslada el conjunto a un escenario mucho más cercano al espectador español, y lo hace logrando una entrañable personalidad propia.

En Anacleto: Agente Secreto prevalece siempre el alma de comedia que Ruiz Caldera ya ha demostrado saber gestionar con gran acierto en Promoción Fantasma y sobre todo a la celebrada 3 Bodas de Más, pero aquí la ambición eleva algunos escalones para incluir también aquella vertiente que todo relato de espías necesita. No faltan, pues, los tiroteos ni las luchas cuerpo a cuerpo, con especial distinción para estas últimas gracias al acierto con que se combinan grandes coreografías y su pertinente toque humorístico. Un equilibrio tonal que evita que Anacleto: Agente Secreto caiga víctima de su propia caricaturización, y que no deja que el espectador se relaje en ningún momento ante una historia que, narrativamente, casi no se toma ni un respiro a lo largo de la su raspada hora y media. Una duración suficiente para que la película pueda presumir de una generosa colección de escenas memorables.

Y es que en Anacleto: Agente Secreto, cualquier situación puede tener guardado un desarrollo del todo inesperado, como el que probablemente es el desayuno familiar más tenso de la historia, o el diario infantil menos inocente que habremos sentido leer nunca. Son escenas en que sale a la luz un guión que tiene la habilidad de explicar intrahistoria y enriquecer los personajes de forma ingeniosa y siempre al servicio del humor negro, absurdo e irreverente que define el conjunto. Este hecho no quita, sin embargo, el cuidado con que el filme trata a sus personajes, sobre todo en una relación entre padre / maestro e hijo / discípulo donde Anacleto: Agente Secreto saca de vez en cuando su lado más humano sin que nada chirríe o desentone, y donde cuenta con la gran ayuda de un Imanol Arias y un Quim Gutiérrez que saben establecer una química especial y muy complementaria.

Una de las claves de Anacleto: Agente Secreto es que se pone al mismo nivel del espectador y tiene la capacidad de ir dándole golpecitos de codo cómplices de forma constante. Y es aquí donde entra en escena todo el personaje de Berto Romero y su propia conciencia -expresada abiertamente- estar protagonizando una película de espías como si fueran James Bond o Jason Bourne. La película sabe a qué juega, y no tiene ningún problema en hacernos saber. En el bando contrario, se detecta alguna carencia debido a la sensación de que Carlos Areces podía sacar mucho más jugo de la figura de un malvado Vázquez (“alter ego” del autor del cómic) que al final queda un poco desdibujado, si bien es cierto que la condición paródica global de la película hace que quede en un relativo segundo plano.

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A pesar de las obvias limitaciones que conlleva una producción que se mira desde lejos los megapresupuestos manejados en otros países, en ningún momento se percibe que Anacleto: Agente Secreto desfallezca en sus aspiraciones. Pocas veces la acción decepciona, y rara vez no aparecen las risas cuando así lo intenta. Es una película que se conoce muy bien a sí misma, que evoluciona a la vez que se rie de lo que hace, y que en todo momento se encuentra cómodo con el traje (y pajarita) que lleva puesto. Javier Ruiz Caldera demuestra suficiente versatilidad para resolver las escenas de acción con solvencia y, de la misma forma que su protagonista, propone un trato al espectador: el de compartir nuestra herencia en la narrativa de espías y sacsejar- un poco para poder convertirla en un homenaje dominado por la risa y la complicidad. Aceptamos tu trato, Anacleto.

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